Una novela para la canastilla (IX)

Existe un mito popular en Cuba de acuerdo con el cual no se debe comprar nada de la canastilla hasta que no se arriba a los seis meses de embarazo. Pero casi nadie lo sigue… es demasiada la tentación.

Y un día, te encuentras con 2 o 3 meses de gestación acumulando pañales desechables de primera etapa y toallitas húmedas… por si se pierden después de las tiendas, una persona querida te regala biberones y ropa y palangana y termómetro, la tía compra un juguete irresistible, las abuelas se aparecen con los productos para el aseo infantil…. y vas completando hasta llegar a la cuna, las sábanas y lo demás.

Siendo así… te presentas en la tienda estatal a ver qué finalmente trae la canastilla que te venderán, a precios subsidiados como al resto de las gestantes de la nación, con la tranquilidad de que, sea lo que sea, ya tú lo tienes casi todo. Esto es algo extra, no lo fundamental y ¡por suerte! porque acceder a esa canastilla puede convertirse en un dilema novelesco.

En el municipio de Marianao, en La Habana, por ejemplo, casi siempre las tiendas donde las venden están desabastecidas, debido a recurrentes problemas en la producción de los artículos que la integran.

Hace poco, en la TV nacional, durante un Consejo de Ministros el Presidente del país en persona analizó esas irregularidades. La respuesta del Ministerio de Comercio Interior fue la inestabilidad en el suministro de materias primas. Hubo un aparte sobre la producción de cunas —el talón de Aquiles y uno de los mayores deseos de las embarazadas— y se esclareció que las pocas disponibles se enviaban a las familias de las montañas.

Allí donde el acceso a todo es más difícil, está la prioridad gubernamental.

Lo entendí. Y conociendo el subdesarrollo económico de mi país y el bloqueo estadounidense que nos asfixia, el día de la compra fui a la tienda advertida de que no tendría cuna, pero ¿y lo demás? Lo demás sí, pero no exento de lo inaudito.

Primero, como nunca había nada en la tienda, los dependientes optaron por brindarle el teléfono del local a todas las embarazadas, a quienes de esa manera evitaban los fatigosos e infructíferos viajes hasta ahí. Una vez que salí de Licencia de Maternidad, a las 34 semanas de embarazo, comencé a telefonear cada uno o dos días.

Antes no tenía tiempo para eso, y ahora, no tenía suerte en dar con la canastilla.

Finalmente, un día, en la cola de espera para un ultrasonido de cálculo de peso fetal, se generó un debate sobre la canastilla y una mulata, evidentemente enojada, contó haber ido hasta el Ministerio de Comercio Interior a analizar la situación de Marianao. Le aseguraron que, al día siguiente, vendería la canastilla del municipio correspondiente a ese mes

– ¿Estás segura?, le dije.

– Seguros deben estar ellos si no quieren un escándalo, me respondió envalentonada la muchacha. ¿Ejercicio de poder popular? Ella tenía 37 semanas de embarazo y el lunes siguiente la ingresarían para una cesárea.

Esa tarde no llamé a la tienda. Sencillamente me aparecí a las 8:30 a.m. Para mi sorpresa, encontré un cartel de “Cerrado por fumigación hasta las 3:00 pm”. Nunca supe en qué horario habían fumigado aquel local, cuya hora de apertura era a las 9:00 a.m., ni porqué necesitaba mantenerse tanto tiempo así en vez de cumplir con los 45 minutos reglamentarios y, finalmente, ejecutar su objetivo social. En la tarde, me informaron que venderían al día siguiente.

A las 8:00 a.m. del otro día, la cola frente a la tienda era descomunal. Como en un cuadro absurdo, al menos una treintena de embarazadas, todas con más de 6 meses y vientres muy visibles, esperaban de pie afuera de la tienda y bajo el sol. Yo era el número 10, más o menos.

Ese día era la votación de la Resolución contra el bloqueo presentada por Cuba en la Naciones Unidas y quería ver la transmisión. Estados Unidos buscaba sabotear la presentación del Ministro cubano a través de la presentación de 8 enmiendas acusatorias, por las cuales también debían votar los países presentes.

Por eso había llegado tan temprano. Lástima que, durante la espera, debiera enterarme de que, además de irme sin cuna partiría sin un colchón…. No habían entrado este mes.

– ¿Entonces qué hay?, pregunté a una de las primeras chicas que salió.

– Todo lo demás, pero un poco loco, ya verás, contestó.
Y en efecto. Cuando entras a comprar te preguntan el género del bebé….

-¿Niña o niño?, inquieren.

– Niño, respondo pues de eso dependerán los colores del paquete y el tipo de ropas.
Y la mujer me alcanza una bolsa con sábanas, atuendos de varón, y dos toallas ¡rosadas! Le hago notar que, según tenía entendido, los productos para niños eran azules o verdes. Sí, argumentó en tono de disculpa, pero se equivocaron los empaquetadores y nosotros no podemos cambiarlo. Observé el estante: había cientos de paquetes para niñas con contenidos azules, y otros tantos de varones con el rosa. ¿Locura total? ¿Modernidad?

Acto seguido, me alcanzan una bolsa más pequeña, también rosada, con artículos de perfumería.

—¿Otra vez se equivocaron?, le digo.

—No, responde, solo tenemos esas por ahora…. pero puedes esperar a que entren las de varón.

Guardaré las energías para el colchón. Por suerte tengo hasta un año para esperarlo, dije, di las gracias y me fui.

Historias clínicas y otros cuentos (I)

La consulta más larga (II)

El poder de una embarazada (III)

Cesárea programada (IV)

Papás (V)

Siete cosas que casi nadie cuenta sobre el embarazo (VI)

Bebés y bajos salarios (VII)

Frankenstein para embarazadas (VIII)

1 comentario en “Una novela para la canastilla (IX)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.