Nuestra primera noche juntos (XXV)

¿Qué dirían los bebés, si pudieran, de ese primer encuentro con sus madres? Ariel Alejandro, si le preguntaran, quizás argumentaría que por lo poco que pudo apreciar entre sueño y sueño la mamá que le tocó lucía cansada. Estaba despeinada, con los ojos semicerrados, y usaba una batica verde manchada de sangre. No se veía muy bonita, pero tenía una sonrisa tan amplia y permanente que era imposible prestarle atención a algo más… ni siquiera a su teta.  

Esa primera noche que él y yo pasamos juntos fue una de las más lindas e intensas de mis 30 años. Y eso que no era mi mejor día. Entre las manchas de sangre provenientes de la operación y los “loquios” que una desprende como una suerte de menstruación, la molesta sonda puesta para el orine, y aquel suero fisiológico infinito conectado a una de las venas de mi mano izquierda, me parecía que las seis horas que estaría en la sala de recuperación serían interminables.

Hasta que pusieron a mi lado a mi bebé…

Tras nueve meses de espera finalmente nos conocíamos. Claro, yo no esperaba que fuera en esas condiciones. El dolor en la herida apenas permitía moverme para mirarle la carita, u ofrecerle mi pecho. Me dio miedo. ¿Cómo cuidaría yo de él durante seis horas si estaba casi inmóvil? Para colmo, la enfermera de la sala me recordaba sin descanso que no debía levantar la cabeza… o pondría en riesgo el resultado de la operación.

Siendo así, me acomodé como pude en aquella cama personal y aprecié todo lo que pude a mi bebé, que tenía los ojos bien abiertos. Se trataba de un niño achinado, de pelo lacio y abundante tanto en la cabeza como en la espalda y los brazos. Una manilla artesanal, en su brazo izquierdo, me informó lo que nadie me había dicho hasta ese momento: había nacido a las 4:30 pm de ese 18 de diciembre de 2018 y pesó 7.13 libras.

¡7.13 libras! Toda la familia pensó que sería mucho más y eso incidió en que la ropa que tenía puesta le quedara gigantesca: una camisita blanca de mangas largas y un pantaloncito enterizo de listas de un azul claro. Verlo así me arrancó una sonrisa pícara porque, pensándolo con detenimiento, todo le quedaba como un piyama.

Con sus pupilas dilatadas y de un color indescifrable, Ariel miraba hacia mi rostro con insistencia. Y estornudaba mucho. Llamé a la enfermera y dijo que era normal. De paso, me preguntó si yo era primeriza y mi edad. “30 años”, le dije. Y agregó: “esperaste mucho”. “Lo justo”, riposté con una sonrisa.

Se fue la enfermera y yo volví a prestarle atención a Ariel, que ahora estiraba su cuellito y erguía la cabeza con la boca abierta. Siguiendo mi instinto, le puse un seno en los labios y el apretó y succionó por primera vez.

¿Lograría extraer algo? Tenía la impresión de que no, pero él succionaba sin descanso hasta quedarse dormido. Luego despertaba, solo para continuar donde se había quedado.  

Como a las 11:00 p.m. me informaron que pasaría la noche en Recuperación porque no había camas disponibles en la sala de recién paridas. Pedí de favor a la enfermera que llamara a Información para que orientaran a mi familia, que esperaba mi traslado a la 1:00 de la madrugada. No lo hizo. ¿Debía? Creo que sí.

En todas las salas de Maternidad por las que transité, el cuerpo médico fue atento con mi familia; sin embargo, ahora debí esperar hasta que mi esposo subiera preocupado a la 1:00 de la madrugada y le pidiera de favor a un enfermero que preguntara por mí. Solo así supo que no me trasladarían hasta la mañana.

Me parecía mentira haber superado aquella noche. Con sueño y sin dormir, por miedo a aplastar mi bebé, o a que necesitara de mí y no escucharlo. Las luces encendidas y los ruidos de la sala, por donde transitaba todo el equipo médico disponible para cesáreas de urgencia, tampoco ayudaban a que descansara. En resumen, estuve casi 17 horas (de 6 que eran) en la aislada sala de recuperación. A solas con mi recién nacido. No fue hasta las 10:00 a.m. del 19 de diciembre que me trasladaron para la Sala A, cama 19, donde todos nos esperaban en ton de fiesta, para darle la bienvenida a la nueva vida.

Yisell Rodriguez Milán

Cuba, 1988. Periodista. Jefa de la Redacción Multimedia del diario Granma.

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