La sala K y sus pequeños demonios

De todas, solo recuerdo el nombre de Roxana. Roxana tiene 16 años y espera en la sala K del Hospital de Maternidad a que los médicos decidan si, llegado el momento, ella tendrá un parto natural o será sometida a una cesárea. Tiene 36 semanas de gestación, padece de epilepsia y desarrolló una preclamsia durante el embarazo.

Roxana ocupa la cama 10. Yo estoy en la 9. Desde mi ingreso, me percaté no solo de que es la más joven de cuantas estamos allí, sino también de que es la que más miedo tiene al proceso de parto y la que menos interactúa con el resto de las pacientes. Es, también, la única que tiene acompañantes tanto de día como de noche. Quedó embarazada mientras cursaba el 9no grado así que, a los ojos de su familia y los doctores, a pesar de su embarazo, ella es una niña.  

Escribo esto cuando ya llevo más de 24 horas aquí. Me ingresaron un viernes, a través de la Consulta de Gestante a Término, porque tenía más de 41 semanas de gestación y ningún indicio de que mi bebé fuera a nacer…. Nada de contracciones, ni rotura de fuente, ni expulsión del tapón mucoso.

Esta sala de hospital es lo más parecido a una escuela que he vivido en 7 años. De las 10 chicas ingresadas, solo dos estamos en condiciones de dar a luz en cualquier momento. Ambas sabemos que pronto nos marcharemos. Pero hay otras, las líderes de la sala, a quienes les queda aún mucho tiempo por pasar entre doctores, enfermeros, exámenes y las rápidas visitas de sus familiares.     

Son ellas las últimas en acostarse, las que apagan la luz, las que generan las conversaciones más interesantes, y las del bulling a las otras embarazadas… en especial aquellas que fueron ingresadas por alguna pequeña y efímera causa, o las que no les gustan por su aspecto, sus olores, su proyección o porque les establecen alguna implícita competencia por su carácter sociable.

Las causas de sus ingresos son los clásicos factores de riesgo en el embarazo: hay diabéticas, hipertensas, alguna que lleva semanas perdiendo líquido amniótico, la adolescente menor de edad y una pasada de 40 años.   

Es interesante como transcurre la vida para personas que pasan casi sus 9 meses de embarazo ingresadas. A diferencia de mí, para quien esto es como un paseo algo mejor que casa, donde me aburría de manera extraordinaria, ellas desearían estar en sus hogares acompañando a sus otros hijos, sus esposos y sus familiares.

Estuve tres días junto a ellas, lo suficiente para aprender y acoplarme a sus rutinas, que son las de casi todas las pacientes que aún no han dado a luz.

Aunque no quieras, los enfermeros —a quienes una aprende a tomarles cariño por la cantidad de horas que pasan junto a nosotras en cada turno de guardia—te despiertan para tomarte la presión y repartir las prenatales y las vitaminas diarias, necesarias para que el bebé crezca fuerte y bien nutrido.

Tú abres los ojos, les sonríes resignada, y cumples sus indicaciones, para luego lentamente levantarte a hacer la cola del baño. Siempre hay alguien que permanece en su cama hasta las 7:30 am, cuando ya no es posible dormir más porque la vida en el hospital cobra intensidad.

Sobre las 8:30 a.m. los doctores entregan sus guardias y pasan revista a cada paciente de la sala. Junto a ellos van los estudiantes, quienes cada cierto tiempo son interpelados acerca de los padecimientos de las gestantes y las mejores maneras de tratarlos. A un alumno de sexto año de Medicina, natural de Ghana, le correspondió darme seguimiento desde que fui ingresada.

El estudiante es amable, pero no me inspira la misma confianza que otros de sus compañeros de aula… ni que los doctores, por supuesto. Trato de rebasar esa inseguridad diciéndome que estoy dejándome llevar por un estigma, y todos merecen su oportunidad de aprender, aun cuando yo sea el sujeto de experimentación.

Después de las visitas, ya no hay mucho más que hacer en Maternidad que esperar al mediodía, cuando las familias “aterrizan” con pozuelos que, al destaparse, le imprimen a la sala los aromas del hogar.

Y luego a dormitar otra vez, todas, como aspirando a que el tiempo corra más rápido al cerrar los ojos y pasen pronto los días o semanas que faltan para conocer a sus bebés.

Al atardecer vuelven las familias y las nostalgias envueltas en el sabor del bistec, el arroz, unos frijoles, y las galleticas. Esa es la hora que también aprovechan las embarazadas para que sus visitantes les carguen hasta el baño los cubos de agua que, por el tamaño de sus panzas, ya no pueden levantar y para que les ayuden a administrarse medicamentos con los que no podrían solas.

Como no hay televisor, después de la visita por lo general alguna de las chicas rompe el hielo con un tema de conversación. Las líderes de la sala se mueven de sus camas hacia la de quien empezó la charla o la invitan a su esquina mientras que las otras, se suman con anécdotas desde sus camas.

Cae la noche. No hay nada más que hacer. Yo me tiro en mi cama con la esperanza de dormirme, igual hacen la mayoría de las inquilinas de la sala, mientras que las líderes se van al pasillo a visitar antiguas compañeras de dormitorio que ya dieron a luz.

Sobre las 6:30 a.m. del día siguiente, con la esperanza de que algún bebé de los nuestros nazca, vuelven los enfermeros a darnos el “de pie” con sus vitaminas, sus prenatales y su vibra de fin de guardia. Es un círculo infinito, que yo rompí a las 41.4 semanas de gestación, cuando me informaron que el líquido amniótico de mi vientre había bajado de 8 a 4 y eso, a estas alturas, podía ser peligroso. Y entonces, me cambiaron de sala.

Yisell Rodriguez Milán

Cuba, 1988. Periodista. Jefa de la Redacción Multimedia del diario Granma.

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