La experiencia de la inducción

El lunes 17 de diciembre, Día de San Lázaro, el ultrasonido correspondiente a las 41.4 semanas de gestación reveló una considerable pérdida de líquido amniótico en mi vientre. No me extrañó. Suponía que algo pasaría, pues los dolores asociados al parto demoraban demasiado y sabía que los riesgos asociados a un nacimiento post término se incrementaban.   

Inmediatamente los doctores de la sala K del Hospital de Maternidad decidieron que, dado mi tiempo de embarazo y lo que podía significar esta pérdida para mi bebé, era hora de trasladarme para Cuidados perinatales, sitio más especializado donde tendrían una vigilancia estricta sobre el estado de mi niño.

En Cuidados perinatales solo estuve hasta el otro día, 18 de diciembre, a las 6:00 a.m., cuando el doctor de guardia me realizó un nuevo ultrasonido donde constató una pérdida aún mayor de líquido amniótico.

Ya había sido informada de que, en caso de suceder esto, me sería inducido el parto para acelerar el nacimiento que de manera natural demoraba tanto. Yo me mantenía optimista. Desde que en la semana 38 de embarazo me informaron en Maternidad que mi padecimiento de escoliosis no clasificaba para una cesárea, me preparé psicológicamente para esta opción, que debió haber sido la primera.

Para quien pensó toda su vida que transitaría por una cesárea el día que decidiera ser mamá, adaptarse a la idea del parto natural no era fácil. Por lo general, muchas chicas le temen a este momento. La magnitud de los dolores de parto, aterra. Y precisamente por eso, comencé a buscar a información en internet relativa a cómo hacer más fácil ese proceso y cuáles eran las ventajas de esta vía para el nacimiento.

De a poco, la cesárea me fue pareciendo la peor y más riesgosa de las opciones para dar a luz.

El día de la inducción, ese 18 de diciembre, tal como aconsejan nuestras madres, me di un baño tremendo de pies a cabeza. En una silla de ruedas, usada en el hospital por protocolo médico, me trasladaron hasta la sala de Preparto. Una vez ahí, me despedí de mi esposo y toda la familia, para adentrarme en una experiencia que me pareció tan aterradora como hermosa.

Al entrar a Preparto te entregan una bata verde y advierten a cada gestante que la ropa interior no es necesaria. La ropa interior estorba, simplifican los médicos.

Una camina por un pasillo en el cual conoces que hay una especie de “enfermera mensajera” a través de la cual las gestantes, que pudieran estar ahí dentro hasta 24 horas, envían mensajes a sus familiares apostados afuera del salón.

Y cuando llegas al sitio donde te inducirán ves unas camas en las que varias embarazadas se encuentran acostadas y conectadas a un monitor que revela la frecuencia cardíaca de los bebés y las contracciones de las madres. En una mesa hay al menos cuatro o cinco doctores que no solo se leen al dedillo la historia clínica de Maternidad sino también el tarjetón de cada gestante.

Hasta ese momento creo que, con excepción mía, absolutamente nadie se había leído de forma tan exhaustiva lo escrito por cada médico que visité durante mi embarazo.

Terminan de leer y preguntar detalles, para llamar luego a la Jefa de las enfermeras, quien indica preparar diferentes sueros de inducción con oxitoxcina. Unos especiales para las tres diabéticas y la hipertensa que entraron conmigo, y uno normal para mí. Canalizan nuestras venas y, acto seguido, una doctora nos indica que debemos acompañarla para una revisión de nuestras vaginas. Esta doctora rompió mi fuente.

Minutos después, como en un deja vú, era yo la que estaba acostada en una de las camas de Preparto, conectada al monitor que permitía supervisar los latidos de mi bebé y mis casi inexistentes contracciones.

Mientras estuve en esa sala, corazón del Hospital de Maternidad, fui testigo de muchas historias, como la de aquella muchacha de 16 años que tuvo la captación de su embarazo a las 30 semanas y puso a correr al equipo de médicos de guardia ese día pues faltaban muchos datos del seguimiento a la chica.

Incluso estuve a punto de ver nacer a un bebé frente a mis ojos, pues una de las muchachas llegó con tantos dolores que mientras los doctores le ponían el monitor ella pujaba para que naciera su bebé. Treinta minutos después la vi, toda feliz, con su bebito en brazos.

Una de las grandes ventajas que tienen algunos Hospitales de Maternidad en Cuba es que permiten a los papás participar en el proceso del parto. Siendo así, a las cinco horas de estar en el proceso de la inducción, mi esposo, vestido de verde de la cabeza a los pies, entró a verme.

Fue ese uno de los momentos más lindos de ese día. El segundo fue cuando pusieron a mi pequeñísimo bebé a mi lado en la cama del salón de recuperación donde fui ubicada tras salir de una cesárea de emergencia indicada debido al sufrimiento fetal evidenciado en el monitor y las condiciones precarias de mi cuerpo para el parto natural.    La doctora que me haría la cesárea luego me diría que, cuando fue a sacar al niño, tocó mi desviada columna. “Nunca habrías parido de manera natural”, me aseguró.

Yisell Rodriguez Milán

Cuba, 1988. Periodista. Jefa de la Redacción Multimedia del diario Granma.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.