La consulta más larga (II)

La consulta más larga (II)

Héctor, mi médico de familia, es bueno, pero “un poco lento”, dicen. Según los vecinos que frecuentan el consultorio esa velocidad se debe a que “no es cubano”, aunque —también a criterio de ellos— chispas no le faltan al boliviano.

La verdad, para ser justos, no es que Hector sea lento, sino detallista. Cada persona atendida para él es algo serio, se trate de una tos o de un caso de cáncer. Siendo así, todos los pacientes le llevan mucho tiempo…. especialmente las embarazadas. Al parecer, esa filosofía es algo que enseñan en la academia cubana.

Como lo conozco, y creo que 9 meses bastan para aprender el estilo de un doctor, siempre que corresponde verlo intento ser la primera persona en la cola. Jamás lo consigo. Delante siempre tengo a Margot.

Margot es una anciana que debe tener entre 80 y 90 años. Siempre la encuentro a las 7:00 a.m. sentada en los escalones que llevan a la casa de la enfermera, ubicada encima del consultorio, esperando a que Valentina abra las puertas del consultorio y así poder cambiarse de las escaleras a una de las sillas “ortopédicas” que hay adentro.

Un enorme giba aplasta a Margot, que sufre de fuertes dolores de espalda, cintura y caderas, y por eso usa una faja durísima, y por eso también va tanto a ver a Héctor. Las coincidencias provocaron que aprendiera de memoria su currículum vitae.

Es de la Sierra Maestra, donde ayudó al Ejército Rebelde durante la guerra contra el tirano Fulgencio Batista, quien gobernó a Cuba hasta que el 1ro de enero de 1959, cuando triunfó la Revolución. En el campo donde vivía tuvo a dos de sus hijos, y ya en La Habana, adonde vino a vivir y trabajar con su esposo, tuvo otros dos. No todos viven en Cuba. Y ella, aunque está cerquita de sus hijas, quienes la cuidan y atienden diariamente, vive sola. Es una mujer independiente, que trabaja en el mismo Hogar de Ancianos donde dice ir porque le entretiene y la protegen.

Cuando coincidimos Héctor, por delicadeza ante mi gravidez, insiste en que debe atenderme primero… pero entonces yo miro a Margot, tan anciana, con esa giba enorme, con esa historia tan larga, con esa soledad que no es y sí es soledad, y me da pena. Y la dejo pasar delante. Total, yo no voy a dar a luz allí mismo… ni me siento mal.

En la última consulta que tuve no fui la primera ni la segunda persona de la cola. Fui la tercera, muy atrás para mi gusto y mi paciencia, aunque solo tardara 20 minutos la espera.

Héctor pasó por casa a avisarme sobre las 8:00 a.m. de que debía ir a verlo para darle seguimiento a mi embarazo, pues estoy en las últimas semanas de gestación. También me alertó de que fuera en dos horas “sin susto, porque parecía que las personas ya se sentían de fin de año”, dijo.

Al llegar, como es lógico, no vi a Margot. Tampoco es que haya pensado en ella, porque sus horas de visitas médicas empiezan muy temprano, pero Valentina comentó que la anciana se había accidentado en casa. Tuvo una fractura en los huesos de la cadera.

Pobre Margot, pensé, aun cuando mi mamá insiste en que no se le debe decir “pobre” ni “pobrecito” a nadie. Pero no pude evitarlo: además de la giba y el dolor, ahora también Margot probablemente necesitaría una silla de ruedas….

Entonces escuché la voz de Héctor diciendo “el próximo”, dado lo cual, entré a atenderme. Y esa fue, a pesar de lo vacío que se encontraba el consultorio, mi entrevista médica más larga.

Abrió la historia clínica, que es casi un libro y está decorada con una muñequita china que quien sabe de dónde sacó Valentina, y comenzó a escribir sobre una hoja en blanco: 6 de noviembre de 2018.

No había concluido la segunda línea, que iniciaba con “Gestante de 35,5 semanas…” cuando un señor mayor, de piel oscura y con un mazo de cebollas en la mano, entró a punto de desmayarse al consultorio.

El consultorio está conformado por cuatro pequeños saloncitos: la oficina del doctor, un espacio para los exámenes que implican desnudos y para vacunas, el baño, una pequeña zona que huele a laboratorio pues ahí guardan medicinas, algodones y jeringuillas, y finalmente, la sala de espera donde una aprende a conocer Cuba a través de historias personales matizadas por alguna enfermedad.

Doctor, susurró el señor desde la sala de espera para que Héctor saliera a verlo. Y lo hizo, no sin antes pedirme disculpas. El hombre se había sentido sin fuerzas, sin aire y como si fuera a caer al piso en cualquier momento. El doctor le tomó la presión dos veces, por si acaso, y dijo “está bien”. Le auscultó el pecho y la espalda, y otra vez comentó “está bien”. Pidió que abriese los ojos, y le miró la pupila con la linterna del celular, pero no encontró nada. En un tono más bajo, sentado a su lado, le dijo algo que no pude entender, y Valentina lo acompañó a su nuevo destino.

Sé lo que tiene, dijo enigmático mientras retornaba a su mesa y no habló más del asunto, que parecía grave a pesar de los múltiples “está bien” que había escuchado.

Inmediatamente me indicó subir a la pesa, el más terrorífico de los momentos del embarazo. Ve luego a la camilla para medirte vientre, veamos cómo está el bebé, escuchemos su corazón, te ayudo a levantarte, volvamos a la mesa…

  • ¿Se mueve el niño?, preguntó mientras palpaba las piernas y los pies por si estaban hinchados.
  • Sí, mucho, no me deja dormir, respondí.

Y el doctor anotó velozmente los datos del examen físico. A mitad de cuartilla, entró otra embarazada al consultorio y la voz de Valentina preguntando qué le pasaba cortó mi consulta.

La nueva gestante, de 22 años de edad, sentía contracciones de parto. Intempestiva, pasó directamente a ver al doctor. Ni se sentó.

Héctor, asombrado ante la visita de la chica que debió ir directamente a Maternidad Obrera, como se le orientó, observó cómo durante las 37 semanas anteriores su delgadez extrema y le preguntó si ya había ido al hospital. Sí, dijo ella, pero como aún tengo contracciones espaciadas me permitieron venir a casa, total vivo cerca y las camas para ingresos están llenas hasta las 8:00 p.m., le contestó. El doctor le insistió en que debió quedarse en Maternidad, a lo que ella, testaruda, respondió que no, y que ahora solo necesitaba una indicación para un cálculo de peso del bebé que le pidieron en Maternidad. Héctor se la hizo. Ella se fue.

Dos interrupciones. La consulta duraba más de una hora, sin que hubiéramos llegado a la mitad.

Le digo al doctor que acelere. Se ríe, no es la primera vez que le dicen eso. Aún falta “comentar” lo que arrojó el cálculo de peso que orientó la ginecóloga hace 15 días, y que me lo traduzca, porque no hay quien entienda las letras de los doctores, ni siquiera de los que hacen ultrasonidos.

Y él empieza a escribir, hasta que un nuevo alboroto llega desde fuera de su oficinita.

Esta vez se trata de una mujer de unos 40 años, inconforme con el resultado de los análisis de hemoglobina que le acaba de entregar Valentina informándole que todo dio bien. La señora, evidentemente de confianza con el médico, interrumpe y dice que solo verá una cosita.

“Por favor, Héctor, indícame de nuevo el análisis que este resultado no me convence. Da 12 y dicen que la hemoglobina no revela un aumento tan rápido”, alega de pie. Héctor le responde que, por eso mismo, por lo general, esos exámenes se orientan a tres meses de empezado el tratamiento, aunque también puede ser que ese resultado esté bien.

“¿Qué estás tomando o comiendo?”, preguntó y yo, que escucho todo, ya entendí que esta es otra vez una consulta dentro de la consulta, así que saldré de allí sobre el mediodía, con suerte…

La mujer divaga sobre su alimentación hasta que, finalmente, ante la insistencia del doctor sobre la composición de sus medicamentos, admite estar tomando suplementos de “hígado de búfalo”. El doctor sonríe. Tus resultados están bien, dice. Las vísceras son los alimentos que más elevan la hemoglobina.

La mujer automedicada pide perdón y se marcha, no sin antes lanzar un piropo al médico.

Yo lo miro otra vez, con un “acelere” acompañado de “la próxima vez haré valer mis privilegios de embarazada”, que le provocan a Héctor su tercera disculpa en dos horas.

Nos vemos el día 20, dice finalmente y yo, entre cansada y agradecida, solo atiné a decirle “para mandarme a Maternidad, ¿no?”

Historias clínicas y otros cuentos (I)

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