Historias clínicas y otros cuentos (I)

Historias clínicas y otros cuentos (I)

Tengo 37 semanas de embarazo. Eso, para quienes no están “embarazados” ni familiarizados con la terminología médica relacionada con la gestación, significa que ya estoy en el 9no mes de embarazo. Una semana más, una menos, no marca la diferencia en estos casos. Ya mi bebé está listo para venir al mundo.

Mientras tanto, les cuento como nos ha ido….

Para llegar bien al término de la gestación, en Cuba una embarazada debe asistir a innumerables consultas médicas. Las mías todas fueron en Marianao, uno de los municipios más poblados de La Habana. A la zona donde está ubicado mi consultorio le dicen “La finca”, porque a partir de ahí casi todo es monte…. y las calles no son calles sino carreteras. También es una zona insalubre, donde habitan cientos de personas, la mayoría —como diría el médico— con bajo nivel educacional… aunque no como en Bolivia.

Mi médico, por raro que parezca, no es cubano. Yo nunca me había atendido con un especialista extranjero, que es lo que es mi doctor aun cuando lleve 10 años en la isla y conozca de la pi al pa los vericuetos de nuestro lenguaje oral y corporal. Héctor vino a estudiar medicina y está a punto de concluir la especialidad de Médico General Integral, para comenzar Cardiología, que es su pasión.

Probablemente ni siquiera conozca a mi bebé después de lidiar con él estos 9 meses, porque en diciembre termina con nosotros para comenzar a lidiar con áreas y pacientes más afines al corazón….

Encima del consultorio vive Valentina, la mano derecha del doctor.

Valentina —hablando de corazones— es el corazón del consultorio, del barrio, de la circunscripción, y probablemente de toda la zona aledaña a La Finca. Lleva 30 años trabajando allí como enfermera y ha visto transitar por la pequeña consulta a muchos especialistas. Conoce a todos los niños de la zona, porque atendió a sus madres durante sus embarazos, y ha asistido a cada anciano. Con su particular forma de ser, sabe cómo convencer a quienes huyen de una vacuna o de una prueba citológica.

Valentina nunca se ha ido. Y cuando desaparece por alguna causa, personal o laboral, los pacientes/amigos enseguida le echan de menos.

Hace unos meses la trasladaron por unos días para un Hogar de Ancianos. Hacía falta una enfermera experimentada. Pero la consulta familiar casi colapsó. Hay muchas cosas, además de inyectar, con las que una enfermera alivia los hombros del médico.

Yo no lo sabía hasta que vi la consulta repleta de personas echando chispas porque solo querían tomarse la presión, saber si habían llegado sus análisis, una receta para dolencias recurrentes que no ameritaban “robarle” minutos al doctor, la actualización de un tarjetón de medicamentos, una prueba citológica, hacer una pregunta, el teléfono de las farmacias de la zona, ayuda con alguna persona postrada, asesoramiento sobre algún medicamento, una dieta que posiblemente ya estuviera firmada y acuñada, o, por supuesto, su inyección diaria…

Imaginen la fotografía. Era un caos.

Por el contrario, mi primera visita a Héctor durante este noviembre fue insólita. No había casi nadie. El doctor pasó por casa a decirme que ya me tocaba verlo y que fuera en dos horas “sin susto, porque parecía que las personas ya se sentían de fin de año”, me dijo.

No sé si en otros países… o en Bolivia, un doctor se tomará el trabajo de pasar por cada casa de las embarazadas u otros pacientes delicados de su zona de atención, pero aquí lo hacen.

El caso es que llegué al consultorio y, al ver que solo había dos personas esperando, decidí no hacer uso de mis “privilegios de embarazada” y esperar pacientemente a que me tocara.

En 20 minutos, la voz de Héctor pidiendo “el próximo” me indicó pasar para vivir la que sería la consulta más larga de toda mi gestación….

Mañana les cuento.