Frankenstein para embarazadas (VIII)

—“En mi época, en pleno Período Especial, era peor y aun así tuve dos hijos. Todo va saliendo… solo concéntrense en comprar lo imprescindible”, recomendaba en el policlínico de mi comunidad la madre de una embarazada en medio de esos debates con los que solemos “matar” el tiempo de espera en las colas… cuando la gente está de buen humor.

Pero, ¿qué es lo imprescindible cuando se trata de un bebé? O, más bien, ¿qué no es imprescindible?…

Al principio de la gestación una colega del periódico me pasó una lista con todo aquello con lo cual, “por lo general”, se completa una canastilla. Su lista era algo así como una suerte de herencia “adaptable”, según las posibilidades económicas y el contexto de la gestante que la recibiera. A mi colega se la había enviado una amiga, a quien se la había dado otra, y así sucesivamente. Es probable que quien la elaboró tomara elementos de varios sitios de internet y con eso creara aquella suerte de útil “Frankenstein para embarazadas”.

Cuando la recibí, teniendo en cuenta la situación particular de mi economía familiar, no pude menos que asustarme. ¡Qué lista tan larga! No podía creer que un bebé necesitara de tantas cosas. Y entonces, mi primera idea fue establecer prioridades:

  • Tachar todo aquello que en realidad no fuera “imprescindible”, de acuerdo a mis lógicas de futura madre/trabajadora en el sector estatal.
  • Reordenar por orden de prioridades lo que quedó. Puse en principio lo que necesitaría al nacer y los primeros meses. Dejé de último el listado de medicamentos “por si…”, pues casi todos solo se podían comprar en divisas en las farmacias internacionales o traerlos del exterior… además, en Cuba siempre es posible llevar al bebé al pediatra —pensé— cuya consulta es gratis y que me recomendará medicamentos más baratos.
  • Repartir fragmentos de la lista a las personas queridas interesadas. Por suerte, estaban el padre, los abuelos, la tía… todos ansiosos por colaborar.

Claro que, como sospecharán, en algún punto de todo esto hubo un lío: al socializar las prioridades.

¿Pañales desechables o culeros de tela? ¿Cubo (para hervir pañales), jarro (para hervir biberones) y olla de aluminio (para hacer la leche)? ¿Un protector de cuna o solo las tres almohaditas clásicas para resguardarlo? ¿Tantas medias y ropitas? ¿Una pañalera? ¿Cuna sin o con gavetas? ¿Mosquitero para el coche, para la cuna y para el mecedor? ¿Cargador o brazos? ¿Palangana nueva o heredada? ¿Toallas grandes o pequeñas? ¿Pañales de cuna sin o con bordados? ¡¿Todo nuevo o no?!…

El debate es consustancial a la familia cubana así que, de pronto, lo que para mi madre y mi suegra era prioridad… incluyendo lo que no se usara en sus tiempos; para mi hermana y para mí no era imprescindible. En medio de mi recurrente inexperiencia y testarudez, lo veía todo muy sencillo y —honestamente— creo que el bebé habría sobrevivido a las condiciones que le impondría.

Por suerte… no hubo necesidad de hacer la prueba. Salvando la situación: cada cual compró lo que le dio la gana.

Para cuando llegó el momento —sobre los 6 o 7 meses— de adquirir la pequeña canastilla que, a precio subsidiado, vende el Estado cubano a todas las embarazadas de la nación, ya yo tenía la mía casi completa.

Historias clínicas y otros cuentos (I)

La consulta más larga (II)

El poder de una embarazada (III)

Cesárea programada (IV)

Papás (V)

Siete cosas que casi nadie cuenta sobre el embarazo (VI)

Bebés y bajos salarios (VII)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.