Entrenando para mamá y papá (XIV)

En alguna película vi que la mejor manera de entrenar para mamá o papá es cuidando un árbol o un muñeco a los que se trata cual si fueran un bebé. El objetivo era mantenerlos vitales y el protagonista del filme debía respetarles horarios de comidas, sueños y baños previamente marcados. La idea me parecía estupenda… hasta que nació Thiago.

Como en casa solo vivimos toda la vida mis padres, mi hermana y yo —y mi hermana casi me alcanza en edad— la experiencia de convivir con un pequeño desde sus primeros días de vida me era totalmente ajena.

Supongo que es normal. Cuando tienes cinco años, y quien te sigue a todos lados tiene cuatro, entonces no te preocupas por ayudar a nadie a vestirla ni a darle de comer… Apenas te conformas con que los juguetes y las ropas de ambas, no sean iguales.

Con Thiago fue diferente.

El hijito de mi cuñado nació cuando ya no vivía en mi propia casa, sino en la de mi esposo… adonde fuimos a parar, como en muchos hogares cubanos, las parejas de los hijos varones de quienes se convertirían en abuelos en 2016.

Ya éramos seis cuando nació el pequeño que echó por tierra cualquier probabilidad de que funcionara la propuesta cinematográfica del árbol o el muñeco. Thiago absorbió la atención de todos, incluso la mía, tan dada a andar fuera de casa trabajando.

NOCHES

Pronto entendimos mi esposo y yo lo que era no dormir debido a los continuos sobresaltos y llanticos del bebé, pues aun cuando su mamá fuera quien respondiese, a veces era inevitable una reunión familiar de madrugada alrededor del sillón donde se le intentaba dormir.

ALIMENTACIÓN

Aprendimos que hay bebés que aman la leche y otros, como Thiago, el yogurt; que Telesur y la Mesa Redonda pueden ser propuestas audiovisuales entretenidas para un niño de meses al que se le busca entretenimiento, que el corral es una buena opción… sin importar que aún no se siente ni se ponga de pie porque fortalece sus músculos, y que los juguetes de goma aptos para cuando le están saliendo los dientes, así como los biberones de plástico, no deben ponerse a hervir mucho tiempo… o se derriten. Estas últimas pérdidas, doloroso fruto del despiste, no se las deseamos a nadie.

JUGUETES

Olvídense de la idea de que tenga muchos juguetes desde recién nacido. Thiago poseía demasiados, tantos que siempre acabó prefiriendo los más maltratados, como una gallina épica que se le desinfló y no soltaba, o algunos inusuales, como los pomos de almacenar agua fría, sus propios zapatos o el control remoto del televisor.

A juguetes muy sofisticados no le hizo mucho caso hasta que ya fue grande, como de un año. Recuerdo un trompo con luces y música que le daba terror, y eso que estaba diseñado para atraer la atención de niños de su edad. Eso no quiere decir que no le gustara lo luminoso, porque los celulares y las computadoras siempre despertaron su peligrosa curiosidad.

LENGUAJE 

Cuando Thiago tenía dos meses, también asimilé algunas lecciones sobre el lenguaje infantil.

Me obsesioné con que aprendiera mi nombre antes que cualquier otro, así que comencé a enseñarle.  Y lo logré… no sin sufrimientos. Experimenté, en esa batalla campal que implicó horas y más horas de “conversación” con alguien diminuto de ojazos enormes que te ignora cada dos segundos, que a pesar de los muchos intentos los bebés dirán primero “mamá” y/o “papá”.

Thiago también dijo “Yisy”, a su manera, pero sufrí para lograrlo. Por suerte, no fui la única.

Intentamos enseñarle, sin éxito, que la abuela Meylin era “mima”. Él prefirió decirle “mami” … aunque luego se le bloqueara la cabecita cuando a su propia mamá quería disminuirle el calificativo. Fue tan confusa esta última lección que, en determinado momento, a todo a quien no sabía cómo nombrarle le llamaba “mami”, incluyendo al abuelo paterno y algunos tíos.

La abuela Marlen sí logró que le llamara solo “abue”, mientras que Wilfre –padre de su papá- al cabo de varios meses pasó a ser el “abuelo”. Mientras que a Yohana, su abuelita materna, la llamaba por su nombre y no hubo Dios que lograra modificarle semejante conducta.

ENFERMEDADES

De fiebres de madrugada, de inhalaciones para quitar catarros bien pegados, golpes por accidente, y de hospitales infantiles, también aprendimos mucho… a regañadientes. No era que Thiago fuese enfermizo, pero cada cierto tiempo algo perturbaba la tranquilidad del hogar y cada mínima sospecha se convertía en un asunto muy serio a tratar con la pediatra.

CUERPO DE APOYO

A los tíos nos correspondía el honorable rol de “cuerpo de apoyo”, algo que nunca nos desagradó, excepto cuando Thiago estaba enfermito porque presuponía que quizás estaría ingresado en algún sitio lejos de casa y de nosotros.

El resto del tiempo, la tarea nos gustaba. A veces, incluso y sin necesidad, su mamá nos “pagaba” con galleticas y otros dulces los cariños que le propinábamos al pequeño. Pero que conste: lo habríamos cuidado gratis…

Las tardes y algunos pedacitos de noche con él nos permitieron desarrollar nuestras propias técnicas para alimentarlo y dormirlo aun contra su voluntad. Aprovechamos para incitarlo a que aprendiera a caminar, o hiciera travesuras, lo disfrazamos, y a veces le diseñábamos pequeños juegos en los que siempre perdía. Sus padres nos regañaban de vez en vez, sin embargo, comprendían lo imposible de resistirse al encanto de observar cómo se esforzaba por lograr cada meta propuesta.

CÍRCULO INFANTIL

Al cumplir un añito, sus padres lo llevaron para que lo cuidara María. María es lo más parecido a una abuela que tienen ahora mismo mi esposo y su hermano. Ella tiene más de 40 años de experiencia cuidando niños en su casa. Su círculo infantil, es un círculo por cuenta propia. Y ahí empezó Thiago a lidiar con otros nueve niños más pequeños y grandes que él.

Cuando me daban la oportunidad de dejarlo allí, lo llevaba caminando las cuatro cuadras que nos separaban del círculo. Trasladar andando a un niño de un año esa cantidad de metros puede ser agotador. Thiago se detenía cada tres pesos, agarraba todas las plantas, miraba a todo el mundo como si ese camino jamás lo hubiera explorado antes, y se me desviaba de la ruta al menor descuido. También se cansaba rápido y me miraba con carita de “cárgame por favor”.

Cada vez que María me veía llegar de la mano con él, tras llamarme entre sonrisas “abusadora”, le premiaba el esfuerzo con un beso bien apretado. María fue, también, uno de los primeros nombres que dijo Thiago.

Un año después comenzaría en el círculo estatal, al que rápidamente se adaptó, como si hubiera nacido solo para ir a aprender a alguna escuela.

LA DESPEDIDA

Ahora Thiago tiene dos años, pero no vive con nosotros. Ya no tenemos que bañarle, ni darle de comer, ni cambiarle de ropas, ni conversar y jugar durante horas, ni calmarle cuando se pone bravo, o entretenerle mientras sus padres viven otros fragmentos de su vida…

Lo vemos cuando viene a la casa de sus abuelos de visita, por unas horas o por una noche, y entonces toda la experiencia vivida se nos torna pequeña ante las nuevas habilidades que le constatamos.

Aprendió a decir con claridad cómo se llama, distingue a todos los miembros de la familia por sus nombres, pide lo que desea, se disculpa cuando hace algo malo, da las gracias, conoce todos los objetos de la casa e identifica a quien pertenece cada cosa, juega con otros niños sin timidez, se cae y no llora, come solito, perfeccionó su solicitud de ir al baño, y ofrece respuestas que uno ni sospecharía en su cabecita.

Lo único que todavía no aprende es a contar lo que ha hecho en el día…. Y menos mal, porque si le da por revelarle a sus padres todas las travesuras que hacíamos con él, nos podríamos meter en problemas.

En alguna película vi que, por suerte, los niños después de los dos años van perdiendo los recuerdos de sus primeros meses de vida… Cuando Thiago aprenda a decir lo que recuerda, les digo si eso es verdad.

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