El poder de una embarazada (III)

El poder de una embarazada (III)

Un vientre gigantesco provoca sentimientos de solidaridad… en teoría. Pero yo no pondría las manos en el fuego para validar esa hipótesis.

Mientras no estuve embarazada siempre pensé que las barrigonas merecían toda muestra de delicadeza. Si las ves pasar por el pasillo de una guagua en busca de un asiento amarillo, le das el tuyo… aunque veas que en el amarillo no hay nadie enfermo o anciano sentado, aunque seas mujer igual que ella, aunque ya estés en la tercera edad y también merezcas el puesto. Si estás de pie, y las ves, haces lo que toda persona digna: levantas la voz por ellas, para que los que ocupan los puestos amarillos se levanten.

La lógica indica que, en estado de gravidez, las mujeres son más vulnerables y todo es más difícil: caminar, sostenerse, pararse en firme para mantener el equilibro, estar de pie muchas horas, estar sentada muchas horas, pasar tiempo sin comer, hacer colas… en fin, todo lo que normalmente cualquiera haría aun cuando esté un poco cansado o se sienta algo mal.

Eso sin contar que hay embarazadas hipertensas, diabéticas, que padecen de fuertes dolores de cabeza, o de columna; embarazadas a las que los vómitos no las abandonan durante los 9 meses, o que sufren de hinchazón en las extremidades.

Lástima que el sentido común se haya deteriorado tanto.

Cuando tenía 16 semanas de gestación me indicaron un ultrasonido. En la cola, dos mujeres visiblemente alteradas se pronunciaron en contra de que se le diera prioridad a las embarazadas solo por su condición cuando allí había personas enfermas. En el policlínico donde me atiendo está establecido que pasen a las consultas dos personas de la cola y una embarazada. La reacción de las mujeres me sorprendió tanto como el silencio de algunos de los presentes, en especial aquellos a quienes les convenía la reacción desaforada pues, como es lógico, verían adelantados sus turnos. Por suerte, el médico evitó que aquello tomara otras dimensiones.

Con 25 semanas de embarazo, salí del trabajo a tomar un ómnibus que como es regular en Cuba iba atestado de personas. Ante la imposibilidad de atravesar por el pasillo para llegar a los asientos amarillos debido al tumulto, decidí quedarme al lado del chofer, igual apenas eran dos paradas. ¿Qué dijo él cuando me vio? “Obstaculizas el paso”. Le respondí con una oferta: me bajo y no llego a mi casa… o me quedo aquí. Avergonzado, me dejó tranquila.

Otra vez, con 32 semanas, fui a comprar el pollo en la carnicería. Gustosa habría dejado que mi esposo o mi suegra asumieran ese deber familiar, pero me tocó. En las carnicerías de Cuba las embarazadas tienen prioridad. No sé si es una ley escrita, pero la tienen. Entonces, llego yo a la de mi barrio, me acerco a la cola del “plan jaba” —sistema establecido para dar prioridad a los hogares donde todos trabajan— y les pido, por favor, que si me pueden dejar comprar. Ninguna de las personas reaccionó, excepto una anciana que era la tercera y me dijo: si quieres, detrás de mí. Pude haberme parado directamente al principio de la cola y pasar a comprar, pero la educación siempre me traiciona, así que contesté: sea. Y compré tras ella.

El peor episodio fue a las 34 semanas de embarazo, ya con la panza muy grande.

En esa ocasión fui a sacar un pasaje en ómnibus para viajar a Guantánamo con mi madre. La señora que atendía la puerta no me permitió sacar los dos pasajes, a pesar de que le expliqué que era imposible que viajara sola dado mi estado. Ella respondió que, después de un problema con una embarazada que quiso comprar 7 pasajes y provocó una reacción tremenda en la cola, la dirección de la Agencia de ómnibus de Arenal había decidido que la embarazada solo comprara para ella y si tenía algún hijo para él.

Le eché en cara su extremismo e inflexibilidad. Pedí hablar con el director de la agencia o su segundo, pero ninguno había llegado y eran las 10:00 a.m. Sin saber qué hacer, le dije que igual haría la cola, aunque solo comprara 1 pasaje, lo cual no me serviría para nada, pero al menos podría esperar por si llegaban los jefes. Ella me contestó que lo hiciera, pero que en ningún lugar estaba estipulado que las Agencias de ómnibus debieran priorizar las embarazadas, que eso era una delicadeza de su parte. Me queda pendiente averiguar su afirmación….

Por suerte ese día, ante mi visible desespero e impotencia, un señor mayor creo que llamado Andrés me dijo que tomara el puesto delante de él y comprara como parte de la cola normal. Enseguida, saltó una señora sentada en la esquina del salón alegando que no era justo, pues yo podía comprar el pasaje del destino para el que ella iba a viajar y que estaba esperando desde las 3:00 de la madrugada.

Andrés, que estaba allí desde las 2:00 de la madrugada, enojado pero respetuoso, le respondió: «Yo marqué para otras dos personas y a usted, a usted debería darle vergüenza».

Salud Andrés. Si no fuera por ti…

Historias clínicas y otros cuentos (I)

La consulta más larga (II)

3 comentarios en “El poder de una embarazada (III)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.