El nacimiento de Ariel (XXIV)

Tengo un video del nacimiento de mi niño. En él se ven las manos de la ginecobstetra que lo trajo al mundo, mientras abre la herida en mi vientre lo suficiente como para que por la apertura quepa la pequeña cabeza de mi bebé, que nació dormido.

Con una técnica impresionante, le limpia las fosas nasales y la boquita mientras el resto de su cuerpo aún está dentro de mí, y finalmente lo saca completo. Nació dormido. En la familia hay quienes dicen que así más o menos se debe haber pasado todo el embarazo, dado que el alumbramiento fue a las 41.5 semanas y él no hizo el más mínimo esfuerzo para salir por su cuenta.

También tengo un video de su primer llanto, allí en la sala de cirugía, aunque dice la doctora que lo primero que Ariel hizo fue estornudar.

No puedo negar que estoy orgullosa del resultado entre la fusión de mis genes y los de mi amor.

El niño no es como lo imaginaba, sino superior. Y cada vez que lo miro, me convenzo de que valió la pena cada segundo de dolor a causa de las contracciones provocadas por la inducción del parto, y hasta el ataque de pánico que me originó la cesárea, la incomodidad de los sueros y la sonda, y la dolorosa y larga recuperación tras la cirugía.

Cuando la doctora me informó la imposibilidad de que mi bebé naciera de manera natural no sentí miedo. Toda la vida creí que sería cesárea por el padecimiento de escoliosis severa que me mantuvo enyesada la columna durante seis años. Luego debí prepararme psicológicamente para la posibilidad del parto vaginal y eso sí conllevó un esfuerzo extra.

Por eso ahora enfrentaba la necesidad de la cirugía como algo que me estaba destinado, aunque al final fue a causa de un Estado Fetal Intranquilizante (EFI) y no por mi histórica escoliosis.

A través unos cristales ubicados en el techo del salón quirúrgico, debido a la curiosa ubicación de las lámparas con respecto a ellos, podía observarse toda la operación. Pero yo no miré hacia arriba. Prefería estar a ciegas, solo escuchando la conversación de los médicos que hablaban de lo humano y lo divino, sin quitarme un ojo de encima.

Después vino el traslado de una camilla a otra para llevarme del salón de operaciones a la sala de recuperación. Tuve que ayudarlos un poco a moverme, usando mis hombros como una palanca, porque mis 13 kilos de más, de conjunto con los 80 que ya pesaba antes del embarazo, eran demasiado para los médicos.

Vivir la experiencia de una cesárea no es precisamente “bonito” ni fácil. Se trata de una invasión severa al cuerpo femenino que te deja sin fuerzas, sangrando, y con dolor durante días.

Por suerte, unos minutos después de la operación en la sala de recuperación a todas las madres les espera la cama que será testigo del primer encuentro con sus bebés.

Cumpliendo con el protocolo médico, apenas yo entré una enfermera puso en el cunero a mi niño. No podía verlo, porque el cunero estaba muy alto, así que moría de curiosidad. Diez minutos después ella regresó y, con mucho cuidado, lo depositó a mi lado. En la sala de información, toda la familia esperaba expectante alguna noticia sobre el nacimiento y sobre mí. Hasta que los médicos, antes de ponerlo a mi lado, llevaron hasta ellos al bebé.

Yisell Rodriguez Milán

Cuba, 1988. Periodista. Jefa de la Redacción Multimedia del diario Granma.

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