De cuando decidimos tener un bebé (XVI)

Este noviembre se cumple un año desde el día en que mi esposo y yo decidiéramos ampliar la familia. Estábamos casados desde junio y llevábamos dos años juntos.

Sé que personas de otras generaciones quizás vean esto como una decisión apurada, pues en comparación con otras épocas nuestra relación tenía poco tiempo. Sin embargo, a quienes comparten edad con nosotros no creo que les extrañe.

Un vínculo amoroso ahora no se mide tanto por los años, como por la pasión. Y ese es nuestro caso. Poco tiempo, mucha pasión y el convencimiento de que debíamos probar ser más que dos.

Por eso, después de casi nueve años con un anticonceptivo que me garantizó terminar sin sustos la universidad y gran parte del ejercicio de la carrera en diferentes medios de prensa, fui al consultorio familiar y le solicité a la doctora su retiro.

Con mis 29 años cumplidos, sabía que existía algo llamado “planificación familiar” … o sea, una suerte de servicio médico basado en el asesoramiento a las parejas que desean tener hijos, así que le pedí a la doctora una explicación acerca de qué debíamos hacer. Ella lo hizo. Y cumplimos.

Sin embargo… pasó diciembre, enero, febrero, marzo… y nada.

Siempre pensé que el día que decidiera tener hijos todo sería muy fácil. Provengo de una familia altamente fértil, con muchos tíos, primos y primos segundos y terceros, tanto por la parte materna como por la paterna. Como también es una familia longeva, entonces una tiene la oportunidad de valorar todos los días el árbol genealógico en toda su extensión y vitalidad.

Esa fue la razón por la cual me preocupé cuando, en marzo, aún no habíamos logrado la fecundación.

Solo han pasado tres meses, decían mis conocidos, pero es difícil no preocuparse cuando te sobrevuelan preguntas como ¿seremos fértiles? ¿no habrá “química”? ¿tendremos problemas? ¿hasta cuándo hay que probar?…

Llegó entonces el instante de las propuestas. Una amiga me pasó al móvil una aplicación para calcular los días fértiles de cada mes y las posibilidades de que la fecundación diera como resultado un niño o una niña.

Días después, no recuerdo si fue María, la vecina/casi abuela de mi esposo, o fue otra persona de la familia quien propuso experimentar con algunos métodos tradicionales, entre ellos, la preparación de miel de güira. Este es un mejunje que las mujeres toman en Cuba con la creencia de que “limpia el vientre”. No perdía nada con probar. Compramos la miel y andábamos en busca de la güira cuando… me falló la menstruación.

Soy una persona puntual hasta en mis períodos, así que, el primer día de atraso, me hice un test de embarazo. El test lo tenía guardado desde hacía un año. En buena lid estaba vencido, pero no me importaba. Total, funcionara o no, yo terminaría visitando el consultorio médico en busca de un ultrasonido y un bebé.

Las dos rayitas del positivo surgieron inmediatamente. Ni siquiera tuve que esperar los minutos reglamentarios, según las instrucciones médicas. Y en ese momento, la casa se llenó de fueguitos artificiales.

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