Cosas genéticas (XIII)

Hay pocas cosas que te pueden poner el cerebro en blanco. Una de ellas, durante la gestación, son las consultas de genética. Hay tantas probabilidades de que el bebé tenga algún problema hereditario, que cualquier sospecha detiene el corazón.

La primera entrevista médica de este tipo que tuvimos fue a las 12 semanas de gestación. Héctor, el médico de familia, después de la captación nos indicó asistir a una ronda de seis interconsultas especializadas que en Cuba son consideradas “vitales” como parte de Programa Materno Infantil, que es mediante el cual se supervisa la salud de cada gestante y su bebé.

Así me entrevisté por primera vez en mi vida, acompañada por mi esposo, con una ginecobstetra, un clínico, una nutricionista, una psicóloga, un cardiólogo (que vi a las 26 semanas de gestación) y una especialista en Genética.

No exagero si digo que la visita a esta última fue la más exhaustiva. Tanto que, aunque no la volví a ver en todo el embarazo, estaré cumpliendo las indicaciones que anotó en la historia clínica el 7 de mayo de 2018 hasta que mi bebé tenga su 5to día de nacido. Con ella, la conversación fue casi un interrogatorio policial. Quería saberlo todo. Y todo lo supo.

Por suerte, salimos ilesos.

Ningún riesgo le había parecido objeto de demasiada preocupación. Ni los antecedentes familiares de diabetes e hipertensión, ni el fallecimiento de mi papá por un derrame cerebral, ni los primos hermanos de ambos lados familiares que padecen de Síndrome de Down o de sordera. Nada.

— Aunque de todas formas, dijo, la última palabra la tendrán los ultrasonidos de genética.

Las restantes tres consultas de este tipo fueron en el Centro de Genética de Marianao. Allí vimos a nuestro bebé por primera vez, a través del monitor y no exentos de susto porque los especialistas, atentos ante el desconocimiento de los futuros padres, explican qué buscan en cada revisión.

Con nitidez recuerdo el segundo ultrasonido.

Tenía 22 semanas de embarazo y la posición en que se encontraba el bebé tenía a la doctora Gisela desconcertada. No la dejaba ver lo que ella quería así que, de pronto, dijo: levántate y camina, a ver si se activa y se mueve un poco. Regresé. Nada. Ve y come algo. Regresé. Nada. Pídele a la enfermera una bolsa helada…. Aquello fue demasiado para el bebé. Al regresar, se había dado una vuelta tan grande que la doctora en menos de tres minutos vio los labios y el corazón, lo que finalmente buscaba.

Tras el tercer ultrasonido, a las 30 semanas, me dieron de alta. En la historia clínica consta: «No se observan anomalías mayores, aunque no pueden descartarse las que no tienen expresión ecográfica o aparecen más tardíamente».

Nos fuimos aliviados… aun cuando no nos gustó esa última alerta.

Cuando una piensa en las cosas de genética tiende a concentrarse en el aspecto físico que tendrá el infante, o en las cualidades que le gustaría que heredara o que no. Sin embargo, durante el embarazo, aprendes que eso no es lo más importante. Los doctores te enseñan que la salud está por encima de la estética y por eso se concentran tan detenidamente en cada órgano y longitud del bebé.

Sin embargo, para ellos, yo tendría una recomendación:

Por favor, inventen alguna otra manera de poner el monitor del ultrasonido. Somos las futuras mamás las únicas personas en esos pequeños saloncitos médicos que no disfrutamos de ver al pequeño… Eso nos inspira y alegra, sobre todo cuando no hay papel para imprimirnos la clásica fotico.

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