Consultas a término

Al fin mi bebé nació. El día 18 de este diciembre de 2018 —contra todas las apuestas que marcaban el parto para fechas anteriores— un equipo de ginecobstetras logró que finalmente saliera de mi vientre.

Tenía ya 41.5 semanas de gestación, lo que quiere decir que nos acercábamos peligrosamente al límite universalmente aceptado como fin del embarazo. Solo restaban dos días para las temibles 42 semanas.

Por suerte, encontrarme ingresada en el hospital facilitó que los médicos mantuvieran una estrecha vigilancia sobre la evolución de mi estado desde que, a las 41 semanas, al asistir a la Consulta de Gestante a Término, en el Hospital de Maternidad, la doctora decidiera que era tiempo de quedarme allí.

Honestamente, les comparto que ya dudaba de la eficacia de esa consulta. Con esta era la tercera vez que veía a su especialista y el “estás bien, ven la semana que viene” casi me desesperaba más que la extensión de mi tiempo de espera. Saquen cuentas: tenía marcado el 5 de diciembre como fecha probable de parto, y Ariel nació el 18.

La primera consulta fue a las 38 semanas, cuando un especialista en Ortopedia y la ginecóloga del consultorio familiar, les sugirieron a los médicos del Hospital la posibilidad de una cesárea debido a la escoliosis de más de 45 grados de desviación dorso-lumbar que padezco desde los 11 años.

En la consulta me enviaron a la vicedirección facultativa de Maternidad, donde me explicaron que la cesárea no tendría lugar por esa causa debido a que la patología de escoliosis que padecía no clasificaba entre las meritorias de una cirugía. Para concluir, me indicaron que regresara a la consulta cuando tuviese 40 semanas de gestación.

Así lo hice y, otra vez, fui examinada. Nuevamente me recomendaron esperar por las contracciones en casa una semana más. El día que cumplía 41.1 semanas, tras la tercera consulta, me ingresaron… pero ya en la sala, los médicos repetían lo mismo: esperemos los dolores.  

Para calmarme me decía a mí misma que un especialista jamás pondría en riesgo la vida de un bebé, y que, si me hacían esperar casi hasta la semana 42 con el objetivo de que aparecieran solos los dolores del parto, era porque su experiencia y conocimientos certificaban que no era peligroso.

No puedo decir que logré calmarme con ese auto-discurso, porque todo lo que leía en Google me decía lo contrario. Nunca pude espantar la posibilidad de que se perdiera líquido amniótico, mi niño tuviera sufrimiento fetal, defecara en mi vientre o cambiara la posición cefálica que tenía desde las semanas veintipico por una peligrosa posición pélvica. Sin embargo, lo intenté…

Y la fortuna me acompañó.

En Maternidad me ubicaron en la sala K, donde había 10 camas, casi todas ocupadas con embarazadas que padecían patologías complejas de las que yo me sentía libre. Para ellas, que estuviera allí alguien “solo esperando parir” era algo raro, porque llevaban varios meses ingresadas con el objetivo de mantener sus enfermedades bajo control.

En la sala K me hicieron ultrasonidos de seguimiento todos los días, hasta que algo salió alterado.

Yisell Rodriguez Milán

Cuba, 1988. Periodista. Jefa de la Redacción Multimedia del diario Granma.

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