Cesárea programada (V)

Cesárea programada (V)

Una cesárea es cosa seria. Y aun así… todas las chicas parecen quererla. Es como el Santo Grial de la maternidad en Cuba.

Hay quienes pasan los 9 meses de embarazo buscando garantizar esa operación. Se amigan con especialistas de ginecología y obstetricia en los hospitales de maternidad, llaman a familiares y amigos graduados de cualquier especialidad de la medicina para que acompañen en el momento del parto, y pueden llegar al punto de ejercer presión en los doctores que las asisten con malacrianzas, insultos o amenazas.

A la altura de mis 36 semanas de embarazo solo he conocido dos embarazadas que rechazaban la cesárea.

La primera fue durante una consulta de Genética y, ante los argumentos de quienes la rodeábamos comentando los pros y los contras de lo natural, una muchacha replicó con solidez cómo el cuerpo femenino estaba preparado para el parto vaginal… no así para una cirugía. La otra había tenido dos experiencias anteriores que habían sido “rapidísimas”, “con dolores, pero nada del otro mundo” y en su opinión “entre mejor se comporte la madre, mejor la tratan”.

Pero en la mayoría de las historias que una escucha en las salas de espera de consultorios, policlínicos y hospitales, las anécdotas que abundan son otras….

Embarazadas cuyos bebes tuvieron “sufrimiento fetal” porque los médicos esperaron hasta el último segundo de la última semana posible para no someterlas a una cesárea, embarazadas con dilataciones de 10 centímetros de las que aun así el bebé no podía salir, bebés que se cambiaron de posición durante las contracciones, procesos de dilatación inducida que demoraron más de 24 horas con sus consecuentes dolores, y otras muchas experiencias más cercanas al terror que a lo que una espera de algo “normal”, “natural”, “propio del cuerpo femenino”, y que han hecho las mujeres desde “el principio de los tiempos”…

Existe toda una teoría popular acerca de cómo debe y no debe comportarse una mujer a punto de dar a luz en un hospital cubano para ser tratada de una manera condescendiente por los médicos. Como si asistir un parto, fuera un favor y no un deber.

Si lloras mucho y gritas, acaban por ignorarte. Si insultas y amenazas, no te hacen caso. Si te manifiestas sin fuerzas y débil, te tratan con dureza. Si los enojas, te hacen esperar más de lo debido. Pórtate, bien, te dicen, como para resumir.

Y una, con todo eso dando vueltas en la cabeza, se pregunta si no habría sido mejor que la llevaran directo al salón quirúrgico. Así, quizás, el bienestar del bebé y su mamá, no dependerían tanto del temperamento de la paciente y de los médicos de turno… a juzgar por la vox populi.

Sin embargo, no todos los cuentos sobre cesáreas son complacientes. “Me dejaron restos dentro”, “no pude tener más hijos”, “la herida es horrorosa” … son algunos de los criterios asociados.

A mí, a las 34 semanas de embarazo, la ginecóloga Margarita me pronosticó un parto distócico debido a mi notable escoliosis y los fuertes dolores de espalda que sentía. Por supuesto, lo googleé. La palabra “distócico” no es algo que uno escuche todos los días y significa algo así como problemático, con probable intervención médica, tal vez una “cesárea programada”. La ginecóloga me remitió con el ortopédico.

Margarita es una experimentada y dulce doctora. Rota cada 15 días por mi consultorio y se toma muy a pecho a cada embarazada con problemas. En mi primera consulta, cuando tenía 14 semanas de embarazo, debió atender antes de verme a una adolescente de 14 años con más de 7 meses de gestación. La acompañaba su papá, quién comentó que la madre de la niña se percató por casualidad de la protuberancia del vientre infantil. La niña parió de manera natural.

Yo siempre pensé que tendría un parto por cesárea. Pasé 6 años de mi vida con un corsé de yeso cubriéndome la columna y las caderas. Los especialistas en Ortopedia me habían alertado de las probabilidades de problemas al dar a luz.

Ahora dice Margarita que, aunque el ortopédico haya sugerido cesárea, y ella haya indicado su programación, hay un por ciento de probabilidades de que no ocurra.

Los especialistas de Maternidad tienen la última palabra.

Historias clínicas y otros cuentos (I)

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El poder de una embarazada (III)

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