Ariel, se llama Ariel (X)

Este es un post sobre la identidad.

Nombrar una persona tiene una importancia transcendental… aunque muchos padres no nos percatemos de ello hasta que alguien nos pregunta por qué les pusimos así a nuestros hijos. Y para ese porqué siempre hay una respuesta.

La más común en Cuba es el “me gusta”, pero a mí me gustan más otras explicaciones.

Los nombres de mi mamá y papá no tienen grandes historias detrás. Mi mamá es una de 17 hermanos. Ante semejante lista de elecciones, Elsa resultó una buena opción. Mi papá tenía 9 hermanos, de ellos tres varones, pero su Elvis Ariel no lo heredó de nadie en particular, al menos que yo sepa.

Para cambiar esa tradición de apelativos sin anclaje, mi madre me donó una historia pequeñita junto con mi nombre.

Lo de “Yisell” lo decidió una de mis primas mayores, cuando tenía 10 años. Una confusión siguió a la elección y, el día del registro de nacimiento en vez de quedar escrito “Giselle” —como correspondía—, el nombre fue víctima de una criollización de la cual, vaya a usted a saber por qué, hasta me enorgullezco.

El de mi hermana pequeña sí ameritó un grado mayor de pensamiento. Se llama Rosa Hilda. El Rosa, lo heredó de una de las muchas hermanas cercanas de mi mamá, y el Hilda de mi abuela paterna, una señora dulce que falleció cuando no superábamos la década de vida.

Ahora nos ha tocado a mi esposo y a mi elegir el nombre de nuestro bebé.

Al comenzar la búsqueda, sabíamos lo que no queríamos: un nombre de novela, o sea, porque sí.

Si fuera una niña —dijimos a la familia— pensamos en Alexa. Nadie entre nuestros parientes se llama así, pero nos pareció adecuado. Alexa es una herramienta global, disponible en Internet, que mide el posicionamiento de los sitios web. Nos agrada como suena: imponente, preciso, y hace honores a la pasión que sentimos su papá y yo por la tecnología. Él es ingeniero informático especializado en programación web, yo soy periodista de una redacción digital.

Por supuesto, entre nuestros amigos no faltaron las bromas al respecto. Conociéndonos, hubo quienes argumentaron que pudimos ponerle Google o… Samsung o Blue, en alusión a las marcas de algunos teléfonos comunes en Cuba. Todos reímos.

Cuando tenía 26 semanas de embarazo supe que, contra toda predicción familiar basada en lo poco que se me había deformado el rostro y la forma de la barriga, no tendríamos una niña… sino un niño.

La ciencia había hablado. Y ahí comenzó otra vez la búsqueda de un nombre.

Esta vez no se nos ocurrió ninguno de raíz tecnológica, así que pensamos en alguna figura que admiráramos los dos por sus buenas obras. Fidel, dijo mi esposo; y le agregué el Alejandro, que era su apelativo en la clandestinidad.

Fidel Alejandro es bueno, inspirador… pero, le dije días después, preferiría que se llamara Ariel.

Ariel era el segundo apelativo de mi papá. Ese sí es un nombre común en mi familia. Lo tenía él, y también el hijo más pequeño de uno de sus hermanos. Al fallecer mi papá en el 2004, a causa de un derrame cerebral, una de mis primas también se lo puso a su descendiente más pequeño.

Solo tuve a mi padre a mi lado hasta los 16 años, pero bastó ese tiempo para entender que era una persona importante no solo para el pequeño núcleo que componíamos mi mamá, él, mi hermana y yo… sino también para sus padres y hermanos. Era de Maisí, un rincón de Cuba al que todavía se hace difícil llegar por su intrincamiento entre las montañas, y adonde él siempre regresaba en busca de sus raíces y de ofrecer cuidados a aquellos a quienes amaba. En la ciudad le decíamos Elvis, en el campo lo conocían como Ariel.

Mi esposo estuvo de acuerdo. Será Ariel Alejandro, concluyó.

Solo espero que ahora no me le vayan a hacer bromas con lo de que se llama igual que la sirenita de los dibujos animados.

Ariel es un nombre unisex.

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