Los rebeldes de la novela Dos Caras

Todas las fotos usadas en este trabajo fueron tomadas del perfil en Facebook de Diogo Almeida y del sitio web de la Rede Globo

No. No quiero escribir de manera general sobre Dos Caras. Hay consenso entre la población con que es atractiva y logra –como casi todas las telenovelas brasileñas- sentar a las familias tres veces por semana frente a la pantalla chica.

Quiero reflexionar sobre algunos de sus símbolos y, en especial, sobre Rudolf Stenzel, el estudiante de ojos verdes y pelo revuelto que en los primeros capítulos de esta producción se ganó la fama de «alborotador» e «impertinente».

Escribiré, en resumen, sobre quien parece ser el rebelde de la novela, el progresista, el ¿de izquierda?… y los estereotipos que rondan la construcción de un personaje cuyas acciones poseen una importante lectura social, sobre todo si valoramos que la Rede Globo, cuando se publicita, lo hace anunciando que en Brasil «las telenovelas revelan más que las noticias de televisión».

La construcción del personaje de Rudolf, de quien casi nadie en Cuba suele recordar el nombre porque es poco más que un extra, nunca fue la de un universitario con intereses políticos sinceros.

De acuerdo con el sitio web Celebridades.uol.com.br, está concebido como un «activista estudiantil aburrido» del cual, les adelanto, sorprenderá saber que tiene mucho dinero y que sus demandas son una fachada más en medio de una novela cuyo eje central son las dobleces.

Pero hay dobleces, y dobleces.

Hay engaños matrimoniales, cirugías estéticas, esquizofrénicos cambios de carácter, interesados ocultamientos, dualidades en quienes ejercen el poder y hasta en los que en algún momento parecen ser los típicos buenos…  y, en medio de todas las críticas sociales que emergen de esos giros dramáticos, también coge lo suyo el estudiantado.

Nadie espera una recreación militante del contexto, mas no deben despreciarse las lecturas sociales sobre estas producciones y menos acerca de este caso, donde la rebeldía estudiantil carece de lógica y deja una sola lección: andar metido en política no trae nada bueno.

Veamos por qué: el chico apuesta por la violencia que conlleva a una manifestación en la Universidad Pessoa de Moraes, está contra la privatización de la enseñanza pero es aliado del grupo más egoísta de profesores y es oportunista pues aprovecha que el rector lo llamó zombi para acusarlo de racismo. En la medida en que avancen los capítulos se descubrirá, además, que es astuto y deshonesto.

En un artículo titulado «Dos Caras» a unas mismas palabras: la oda al conservadurismo, publicado por el Centro de Prensa de Brasil, se citaba a una líder estudiantil de la Unicamp que comentó: «después de la novela, era imposible convencer a mi madre de que la política estudiantil no trae sino disturbios».

Por su parte Diogo Almeida, actor que interpreta a Rudolf, tenía 24 años de edad cuando en 2008 se emitió la novela. En ese entonces comentó sobre los temas (discriminación racial, protagonismo estudiantil, etc…) que mal defiende su personaje: «Cuando los rollos me perjudican finjo que no entiendo. Pero también creo que la discriminación llegada a una situación extrema debe ser denunciada».

Según algunos medios brasileños, lo que trascendió por allá del personaje fueron sus ojos verdes (que son lentes) y el aburrimiento por su conducta repetitiva, altisonante y consignera.

No queda dudas por tanto de que, en esta parte de la trama, el joven agitador es un obstáculo y el fin es controlarlo. Lo necesitan los guionistas para que avance la novela, y lo quieren los televidentes, porque les aburre. Hay que lograr la obediencia acrítica y despolitizada que caracteriza a los estudiantes de la Universidad Pessoa de Moraes. ¿O no?.

El encargado de tales propósitos es, increíblemente, el otro rebelde de la novela. Se trata de Francisco Macieira  (José Wilker), rector de la universidad privada donde estudia Rudolf.

Macieira tiene un historial de lujo como izquierdista. El guión lo construye como un revolucionario exiliado durante la dictadura militar en París, donde permaneció hasta que Blanca María Barreto (Susana Vieira), dueña de la Universidad Pessoa de Moraes, le pide que se convierta en rector.

Él regresa a Brasil. Llega como un reformador avanzado, a cambiarlo todo… bueno, no todo, porque la universidad continúa siendo para quienes pueden pagarla. Como un plus en esta labor trasformadora, lidia con el revoltoso que tiene a la dueña a punto de cometer una injusticia: expulsar al alumno por su activismo, un activismo que –como ya establecimos- es nocivo e inútil según Dos Caras.

Macieira tiene todo para ganar en la confrontación con Rudolf. A través de un discurso serio, creíble y coherente, justifica sus acciones y desarticula a su oponente, destruyendo así el poco prestigio del líder impertinente.

Al final todo queda entre rebeldes, una jugada inteligente por parte del guionista. Nadie podrá acusarlo de validar una posición derechista a partir de este enfrentamiento, aun cuando Macieira -con todo y su espíritu e historial transformador- represente la privatización de la enseñanza.

El guionista de Dos Caras, Aguinaldo Silva, es un agudo creador. Roque Santeiro, Vale todo, Te odio, mi amor, Señora del Destino, y Fina estampa, muestran su pericia al abordar los conflictos del Gigante sudamericano pero lo mejor siempre es que, independientemente de sus creadores, seamos los televidentes quienes decidamos qué tanto nos dejamos llevar por las telenovelas y hasta dónde creerles.

*Este artículo fue publicado en el número de julio de la revista cubana La Calle del Medio.

 

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