Se fue Galeano

«Yo escribo para quienes no pueden leerme.

Los de abajo, los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia, no saben leer o no tienen con qué».

Eduardo Galeano

Eduardo Galeano

Durante 2006, en uno de los pasillos de la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, un amigo me presentó a Galeano. Venía entre las hojas maltratadas de un libro pequeño, abrazable, con el que aprendí de las tristezas de América, de sus ansias de utopías, de sus soledades y sus hambrunas. Nunca tuve mejor texto de historia continental.

El amigo se convirtió en amor y Galeano en mi escritor de cabecera. Años después, cuando se apagaba el quinquenio universitario y ya el amor no era amor, encontré otra vez al narrador de microcrónicas en artículos periodísticos, en ensayos, en un libro que el presidente venezolano Chávez, en medio de un memorable acto de dignidad latinoamericana, regaló al estadounidense Obama.

Después, siendo periodista, recorrí Baracoa tras las pistas del militante comunista que comía vidrio en una de sus historias; e imaginé encontrar al escritor —ahora físicamente— entre los pasillos de la habanera Casa de las Américas. Pero no fue.

Regreso de Panamá, tras un enfrentamiento colosal con los medios de comunicación y un Comité Organizador de la Organización de Estados Americanos (OEA) que ocultan y hasta validan la presencia en al Cumbre de las Américas de una oposición cubana construida y financiada desde Estados Unidos, que permiten el acceso a los debates de uno de los asesinos del Che Guevara…, y me topo con esta noticia.

Dicen las cadenas que Eduardo Galeano murió. Dejó de respirar, y de escribir, en Montevideo, Uruguay, el país de sus desvelos. Tenía 74 años y cáncer de pulmón. Yo no tengo nada más que escribir. A la cabeza solo me viene la idea: Estoy triste.

PD 1: Acá los dejo con dos de sus textos “cubanos” de El libro de los abrazos que más me gustan….

PD 2: Descarguen aquí El Libro de los Abrazos 

PD 3: Uno de mis textos anteriores sobre Galeano: Los post de Eduardo Galeano

Yisell Rodríguez Milán

La realidad es una loca de remate

Dígame una cosa, Dígame si el marxismo prohíbe comer vidrio. Quiero saber.

Fue a mediados de 1970, en el oriente de Cuba. El hombre estaba ahí, plantado en la puerta, esperando. Me disculpé. Le dije que poco entendía yo de marxismo, algo nomás, alguito, y que mejor consultaba a un especialista en La Habana.

– Ya me llevaron a La Habana – me dijo -. Allá me vieron los médicos. Y me vio el comandante. Fidel me preguntó: Oye, y lo tuyo no será ignorancia?

Por comer vidrio, le habían quitado el carnet de la juventud Comunista:

– Aquí, en Baracoa, me hicieron el proceso.

Trígimo Suárez era miliciano ejemplar, machetero de avanzada y obrero de vanguardia, de esos que trabajan veinte horas y cobran ocho, siempre el primero en acudir a voltear caña o tirar tiros, pero tenía pasión por el vidrio:

– No es vicio – me explicó -. Es necesidad.

Cuando Trígimo era movilizado por cosecha o guerra, la madre le llenaba la mochila de comida: le ponía algunas botellas vacías, para el almuerzo y la cena, y para los postres, tubos de luz en desuso. También le ponía unas cuantas lámparas quemadas, para las meriendas.

Trígimo me llevó a la casa, en el reparto Camilo Cienfuegos, de Baracoa. Mientras charlábamos, yo bebía café y el comía lámparas.

Después de acabar con el vidrio, chupaba, goloso, los filamentos.

– El vidrio me llama. Yo amo al vidrio como amo a la revolución.

Trígimo afirmaba que no había ninguna sombra en su pasado. Él nunca había comido vidrio ajeno, salvo una vez, una sola vez, cuando estando muy loco de hambre le había devorado los anteojos a un compañero de trabajo.

Crónica de la ciudad de La Habana

Los padres habían huido al norte. En aquel tiempo, la revolución y él estaban  recién nacidos. Un cuarto de siglo después, Nelson Valdés viajó de Los Ángeles a  La Habana, para conocer su país.

Cada mediodía, Nelson tomaba el ómnibus, la guagua 68, en la puerta del hotel, y  se iba a leer libros sobre Cuba. Leyendo pasaba las tardes en la biblioteca José  Martí, hasta que caía la noche.

Aquel mediodía, la guagua 68 pegó un frenazo en una bocacalle. Hubo gritos de  protesta, por el tremendo sacudón, hasta que los pasajeros vieron el motivo del frenazo: una mujer muy rumbosa, que había cruzado la calle.

—Me disculpan, caballeros —dijo el conductor de la guagua 68, y se bajó.

Entonces todos los pasajeros aplaudieron y le desearon buena suerte. El conductor caminó balanceándose, sin apuro, y los pasajeros lo vieron  acercarse a la muy salsosa, que estaba en la esquina, recostada a la pared, lamiendo un helado. Desde la guagua 68, los pasajeros seguían el ir y venir de  aquella lengüita que besaba el helado mientras el conductor hablaba y hablaba  sin respuesta, hasta que de pronto ella se rió, y le regaló una mirada. El  conductor alzó el pulgar y todos los pasajeros le dedicaron una cerrada ovación.

Pero cuando el conductor entró en la heladería, produjo cierta inquietud  general. Y cuando al rato salió con un helado en cada mano, cundió el pánico en las masas.

Le tocaron la bocina. Alguien se afirmó en la bocina con alma y vida, y sonó la  bocina como alarma de robos o sirena de incendios; pero el conductor, sordo, como  si nada, seguía pegado a la muy sabrosa.

Entonces avanzó, desde los asientos de atrás de la guagua 68, una mujer que  parecía una gran bala de cañón y tenía cara de mandar. Sin decir palabra, se  sentó en el asiento del conductor y puso el motor en marcha. La guagua 68 continuó su recorrido, parando en sus paradas habituales, hasta que la mujer llegó a su propia parada y se bajó. Otro pasajero ocupó su lugar, durante un buen tramo, de parada en parada, y después otro, y otro, y así siguió la guagua 68 hasta el final.

Nelson Valdés fue el último en bajar. Se había olvidado de la biblioteca. 

1 comentario en “Se fue Galeano

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