Radiografía de la alfabetización en Guantánamo

Por Yisell RODRÍGUEZ MILAN

Foto: Leonel ESCALONA FURONES

Cuentan que todos los documentos de la Campaña en Guantánamo desaparecieron cuando los familiares de Esther Aminta Labourdete, responsable de contabilizar los datos,  quemaron sus papeles. Y también que sus principales dirigentes ya han muerto, o perdido con los años la memoria. Tampoco contamos con libros que hablen sobre el tema.

Sin embargo, todavía hay quienes recuerdan la hombrada que significó para miles de guantanameros de 12 ó 13 años convencer a sus padres de que los dejaran partir en inmensos vagones cañeros hacia Varadero a entrenarse como brigadistas y luego internarse en intrincados rincones de San Antonio del Sur, Yateras, Baracoa o Maisí.

Sin freno hasta la meta

David de Armas y Paz, coordinador de la Campaña en el territorio, Teresa Daroca Pamias, presidenta del Consejo de Educación y María de Jesús Sánchez Heredia, primera directora del este sector,  fueron los principales encargados de dar velocidad a la tarea y garantizar que el 22 de diciembre de 1961 todo Guantánamo supiese leer y escribir.

De ellos, solo viven dos: Teresa y María de Jesús, y ambas coinciden en que este fue uno de los territorios cubanos en que más rápido se trabajó: en septiembre de 1960 se recaudaron fondos con una feria en el parque José Martí y en diciembre se censaron los analfabetos y recibieron las cartillas, los manuales y lápices. 

“A partir del I Congreso de Educación supimos exactamente qué debíamos hacer. Y creo que fuimos de los pocos que cumplimos con lo planificado antes de empezar gracias al fervor revolucionario del pueblo guantanamero y sus donaciones, dinero que se usó para comprar el jeep del censo”, explica Teresa Daroca.

Como parte de los preparativos se crearon cuatro secciones principales: organización y coordinación, finanzas, propaganda y asesoría técnica y se convirtieron en albergues los colegios Conrado Benítez y Sagrado Corazón de Jesús (hoy ESBU Pedro A. Pérez) a fin de recortar los gastos que significaba hospedar a miles de personas en los hoteles de la ciudad .

A duras penas, por sus 97 años, María de Jesús comenta que en abril de 1961 se enviaron los primeros guantanameros a adiestrarse en Matanzas como brigadistas y que entre sus funciones como directora de Educación estuvo recibirlos de regreso, pasadas dos semanas, y supervisar su ubicación en las montañas:

“Antes de irse, a los muchachos se les ponían maestros voluntarios como supervisores y un guía campesino para que los protegiera en especial de los alzados. Además, precisamente por el peligro que representaban los contrarrevolucionarios se les orientó a los alfabetizadores que fueran cautelosos y que aparentaran ser uno más del lugar en caso de ser necesario.

“Así logramos que en no hubiera ni heridos ni asesinados”, afirma la Doctora en Pedagogía.

El prodigio de un niño dando clases

Aunque aquí es imposible localizar cifras que ilustren la cantidad de profesores voluntarios que se unieron a la Campaña, se sabe que fueron muchos, y que gracias a ellos miles de niños y adolescentes pudieron asumir  la tarea gigante de enseñar a leer y a escribir. Un prodigo.

Jesús Rodríguez Cotorruelo fue uno de esos infantes que con 13 años aceptó el reto de alfabetizar. Según narra, sólo gracias a la astucia de su maestra de 6to grado y un grupo de amigos tan dispuestos como él fue posible convencer a su madre, quien se negaba a dejarlo partir por su corta edad y los peligros que entrañaba el monte.

“Fui ubicado en monte alto de Monterrús entre las montañas de Guantánamo y Sagua, en la casa de Eutimio, un campesino rudo, de manos callosas por tanto trabajo en el campo chapeando, arando la tierra y recogiendo café, y al que fui capaz de sacar del analfabetismo.

“Allí tuve que superar mi aversión a los alacranes, las cucarachas, la noche… y a pesar de que lloré algunas veces, como niño al fin, siempre decía que no tenía miedo. También estaba el peligro de los alzados contrarrevolucionarios pero los campesinos se reunían y hacían guardias nocturnas para protegernos”, apunta este Doctor en Filosofía,  que además es profesor titular de la Universidad de Guantánamo.

Sin embargo, Jesús no hubiera podido impartir clases en el campo de no ser por maestras voluntarias como Ruth Vargas, que abandonó su escuela privada para “con el traje verde olivo y las botas grandísimas que me dieron” unirse como asesora técnica de los brigadistas:

“Yo estuve en Quemados de Santa Fé, en las montañas de Sierra Cristal, en Holguín, donde instruí a estos pequeños sobre las mejores formas de dar clases. Allí les decíamos que usaran cómo táctica, para un mejor aprendizaje, frases o palabras conocidas como “reforma agraria”, “OEA”, “nacionalizaciones”.

Hoy, ella es miembro del secretariado nacional del Sindicato de Trabajadores de la Educación y de la Asociación de Pedagogos, desde donde trabaja por el rescate de la memoria histórica de esta proeza.

“Era necesario recuperar del olvido lo que pasó en la región más oriental de Cuba y por eso convoqué a sus protagonistas al Concurso Frank País García, dedicado este 2011 al medio siglo de la Campaña. Como resultado ya tenemos más de 60 testimonios diferentes, y registrados a más mil 123 participantes en ella”, explica.

Por toda la isla existieron al menos 35 mil maestros voluntarios que actuaron como asesores pedagógicos de los más 100 mil jóvenes Conrado Benítez y de los 12 mil 700 obreros de las Brigadas “Patria o Muerte” de la Central de Trabajadores de Cuba

En Guantánamo, se ubicaron lo más cerca posible de los grupos de alfabetizadores que guiarían tanto en las zonas rurales como en los antiguos barrios de la ciudad cabecera: Caridad, Bano, Parroquia,  Gobierno, Glorieta, Mercado, Hospital, Indios, Isleta y Rastro.

Y fue precisamente este último, situado desde Calixto García y la Avenida Camilo Cienfuegos hasta el 7 Sur, el primer territorio libre de analfabetismo en la provincia.

Un maestro, a la vista de los yanquis

Si se indaga mucho sobre la Campaña, pueden descubrirse aspectos que la diferenciaron, en esta región, de su aplicación en el resto de Cuba.

Uno de esos detalles es la presencia aquí de una base naval norteamericana enclavada de manera ilegal hace más de 100 años, lo que obligó a la dirección de educación del territorio a adelantar la alfabetización de las Milicias Nacionales Revolucionarias que custodiaban el perímetro fronterizo.

Bajo la supervisión del teniente Felipe Hernández partió un grupo de adolescentes, a finales de 1960, hacia los campamentos militares emplazados en Macambo, Caimanera  y en el litoral de San Antonio del Sur.

Entre estos jovenzuelos estuvo Juan  Martínez González, de 18 años.

“Teníamos su mismo régimen de vida, eso incluye las guardias y portar un fusil. Y allí estuve, a pesar de la estricta disciplina, tan difícil de soportar para un niño como yo rebelde hasta por las comidas”, cuenta este hombre que solo fue maestro una vez en su vida: durante la Campaña.

Luego, cuando en 1961 dispersaron a los brigadistas Conrado Benítez por todo el territorio, también se alfabetizó a la población de Caimanera, justo en las narices de los yanquis.

Una de esas maestras fue Idolka Viera Bayeaux, profesora activa de la Universidad Pedagógica, quien rememora:

“Allí las personas no querían ser vistas con la cartilla, los lápices o con un maestro al lado porque les daba vergüenza que se conociera su ignorancia o temían un desquite de los marines.

“Incluso, cierta vez, una señora se negó a abrirme la puerta porque decía que si los americanos encontraban algo mío en su casa eran capaces de matarla. Pero yo insistí, le expliqué que eran nuevos tiempos y cuando se calmó volví a entregarles los materiales que ella había botado por miedo”.

Nuevos tiempos, nuevos retos

Todavía era el siglo XIX cuando los alfabetizadores, valientemente, se internaron en los montes de Cuba. Aquello de convertir la Mayor de las Antillas en territorio libre de analfabetismo, no era cosa fácil.

Como tampoco ha sido una sencillez mantener lo logrado con 50 años de bloqueo económico, comercial y financiero impuesto desde Estados Unidos contra la isla.

Aún así, según informes de la Dirección Provincial de Educación, hoy Guantánamo tiene 733 centros docentes en los se forman 99 mil 192 estudiantes y, en vez de un centenar de maestros como en la década del 50, tenemos 10 mil 504 docentes.

Existen seis Institutos Preuniversitarios Urbanos (IPU) y 68 centros de Secundaria Básica, hay alrededor de 4 mil 723 jóvenes estudiando carreras pedagógicas y el trabajo educativo en todas las escuelas se apoya en 4 mil 917 computadoras, 770 puestos de cliente ligero y 5 mil 649 televisores.

Sin embargo, Antonio Ruiz Ortiz, funcionario de la dirección provincial de este sector, explica a Venceremos que aún quedan retos a la educación guantanamera:

“Nos hemos propuesto exaltar la figura del profesor desde las primeras enseñanzas para garantizar que sean los mejores alumnos los que se inclinen por esta carrera, y hemos enfocando nuestro trabajo hacia la atención, estimulación y superación del personal docente, el reforzamiento de los valores en los estudiantes, y un uso más racional de los recursos que tenemos sin afectar la calidad de las clases”.

Iguales no, pero mejores que los de la Campaña sí deben ser los jóvenes modernos, a tono con la necesidad actual de la patria que no es adentrarse en los montes para alfabetizar sino estudiar lo que necesita su provincia.

Al menos así se expone en el lineamiento 150 de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución que puntualiza “lograr que las matrículas en las diferentes especialidades estén en correspondencia  con las demandas del desarrollo de la economía y la sociedad”.

Y es que esta es la prioridad de hoy, como mismo ayer lo fueron la nacionalización y gratuidad de la enseñanza (1959), la Ley de Reforma Universitaria (1962), la implementación del plan escuela al campo (1966), la creación del Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech (1972), la Ley del Servicio Social (1973) y la mismísima Campaña de Alfabetización que este 22 de diciembre cumplió sus 50 años.

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